lunes, 22 de agosto de 2011

¡Qué tiempos aquellos!

Uno de los tantos días en los que el insomnio se ha vuelto mi mejor compañero, comencé a recordarte. No sé si fue porque la noche, con su melodía de las gotas al caer, invitaba a invocarte en mi memoria o quizás fue que alguien, muy atinadamente, pronunció tu nombre durante la cena y al instante llevó a la boca un buen pedazo de pechuga a la mostaza que había cocinado papá, tratando de atragantarse al ver mi reacción al escuchar esa palabra que, desde hace algunos años, es una especie de tabú en casa. Estuve tratando de recordar aquellos años mozos que, quizás, tú ya olvidaste.

Mientras tú recorrías tu camino sin mirar atrás, yo constantemente estaba al pendiente de ti, claro, no dejaba de lado mis asuntos.A pesar de que todo lo que, hasta entonces había pasado, tu lugar en mi corazón jamás lo perdiste y aunque ante los demás demostraba lo contrario cuando maldecía por lo bajo si alguien se atrevía a decir tu nombre delante de mí, me  gustaba escuchar a escondidas las conversaciones de mamá para poder tener noticias de ti, ¡vaya! era yo tan obvia, pero nadie se daba cuenta.  Por eso fue que hasta las personas más cercanas se contenían de mencionarte cuando yo estaba cerca. Bueno, quiero aclarar que hasta hace unos meses no habías perdido ese lugar, porque hoy por hoy ya no hay ni huella de ti. ¿Por qué? pues porque me dolió mucho saber que, cuando mi nombre salió a relucir en tu conversación, salieron víboras de tu boca. Sinceramente no lo había podido superar, hasta el día de hoy. Es por eso que me decidí a regalarte unos instantes de mi tiempo  y escribirte estas palabras.

Ahora sí, llegó el momento más esperado; tengo que decirte que te perdono (sé que no estás buscando la absolución, pero para mí es importante que lo sepas) porque ya no quiero sentir ese coraje, esa decepción cada que alguien me habla de ti.No es sano, y creo que para estar bien conmigo misma tengo que desechar todos aquellos sentimientos que no me hacen bien. Por último, sé que ya no formo parte de tu vida y, claro está que, tu tampoco de la mía pero me gustaría que cada que echemos un vistazo al pasado nos acordemos sólo de las cosas buenas para que así los dos podamos decir: ¡Vaya, qué tiempos aquellos! y, con una sonrisa, dejemos que los recuerdos se esfumen. 

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