miércoles, 5 de octubre de 2011

Juntas de la mano

Fue un 11 de agosto de 2005, cuando aquellos caminos se cruzaron. Pudo ser casualidad o, tal vez, el destino. Sólo sé que es la mejor historia que me ha tocado presenciar, y una de las tantas y tantas que puede contar la Prepa 7.

Resulta que ese año, como es costumbre, se había llevado a acabo el concurso de selección para entrar a la Prepa, y nuestras protagonistas, como eran muy inteligentes, lograron ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria 7, Ezequiel A. Chávez. Pero, ya saben cómo es eso, puros trámites una semana antes de iniciarlas clases. Justo ese día, ellas tenían que ir para entregar unos papeles y el recibo de que habían pagado su inscripción. Ambas estaban haciendo fila: Mona se encontraba delante de "La wevo", cada una estaba metida en sus pensamientos.

De pronto, cuando ya sólo faltaban unas cuantas personas para que Mona entrara a dejar sus documentos, se dio cuenta de que no había cortado, lo que parecía ser, un insignificante talón. Batalló tanto la pobre para poder cortarlo, hasta que La wevo, la vio y decidió ayudarla. Como ella era muy precavida, siempre cargaba en su mochila su estuche completo lleno de plumas, colores y hasta un regla, así que la sacó y se la ofreció. Mona sonrió y la tomó, pero su peripecia aun no acababa, ella sola no podía cortarlo, así que La wevo, se solidarizó con ella de nuevo y le ofreció detener sus cosas mientras lo hacía.

Una vez que terminó, le entregó la regla a La wevo y "gracias", acompañado de esa sonrisa que siempre la ha caracterizado. La wevo le devolvió la sonrisa y vio como se alejaba porque ya era su turno de pasar. Al poco rato, Mona salió de aquella oficina y caminó hasta perderse de vista. Ahora tocaba el turno de La wevo, a quien enviaron a un salón en donde le dirían cuál sería su grupo y conocería por primera vez a sus compañeros de clase. Ella se dirigió hacia el salón con muchas espectativas, pero jamás se imaginó que ahí se encontraría de nuevo con Mona. Eso la alegró mucho, porque por lo menos vería una cara conocida. De regreso a su casa, La wevo iba pensando que había encontrado a una persona que podría ser su amiga, y no se equivocaba. Al llegar a su casa, le contó a su mamá lo que había sucedido horas antes.

Pasaron los días, y por fin llegó el momento esperado. El primer día de clases. Era oficial, ya era toda una preparatoriana. Sus papás y su hermana la acompañaron a la puerta de la escuela, pero La wevo no quería entrar, se sentía fuera de lugar, a todos los veía más grandes y eso le dio miedo. Tenía ganas de regresar a su casa o, simplemente de volver a cruzar la puerta del IVC donde, hasta ese momento, había conocido a sus mejores amigos. Tan decidida estaba a no entrar, que su mamá se vio en la necesidad de tomarla del brazo y obligarla a ingresar.

¡Pobre wevo!, estaba muy asustada, ni siquiera sabía donde quedaba el salón donde tendría la primera clase que era Literatura. Estuvo caminando por los pasillos sin rumbo fijo, veía en las jardineras a los grupitos de amigos que platicaban muy animados, mientras ella estaba ahí, sola y sin saber a dónde ir. De pronto, se topó con Mona y otra chica, Chely, quien de inmediato le dijo - ¿Ya sabes dónde queda el salón?, ven, nosotros te llevamos-. La wevo agradeció y las siguió. En el camino la Chely las presentó. -Ella es Mona-, -Ella, es wevo-.

En todo ese día, las tres no se separaron, es más hasta pasaron las horas libres juntas y fueron estafadas cuando un chico con unos ojos hermosos, les vendió (sí, les vendió) una gaceta en cinco pesos. Ellas no pudieron decirle que no. Cuando se enteraron que la gacetas eran gratis, no podían parar de reír. Les habían visto la cara. ¡Qué barbaridad!, en fin, se dirigían a la clase de Mate, cuando de la nada, Mona le dio un gacetazo en la cabeza a wevo. ¡Vaya confiancitas!.

Así comenzaba la historia de una gran amistad, la cual, me da mucho orgullo decir que aun se está escribiendo. Y, a pesar, de que  al principio Mona no sabía ni cómo quitarse de encima a la fastidiosa Wevo, pero aprendió a quererla con sus defectos y virtudes; han pasado seis años, un mes y veinticuatro días (si los cálculos no me fallan) desde que ese insignificante talón las unió. Y aunque no todo ha sido miel sobre hojuelas, han aprendido a tenerse paciencia la una a la otra. Además, lo más interesantes es que, a pesar de ser tan diferentes, ambas se complementan a la perfección. .

Y aunque una vive en la ciudad y la otra en el pueblo, siguen caminando siempre juntas de la mano, por esas calles llenas de baches que tiene la vida .




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