viernes, 16 de septiembre de 2011

OBEDIENCIA

Me puse a recordar cuando era pequeñita, en especial la parte en la que mis papás me trataban de inculcar obediencia. De inmediato, frases como "Mientras vivas bajo mi techo, vas a hacer lo que YO te diga", "Si no te parece, la puerta está muy ancha", "Te callas y haces lo que te pedí", "¿Te mandas sola o qué?" vinieron a mi mente. ¡Caray! cómo olvidar esas palabras tan dulces.

La verdad es que casi toda mi infancia me la pasé >>encerrada<< en mi casa, casi no me dejaban salir a jugar, para todo tenía que pedir permiso, no podía salir sola a la calle, jamás me pude subir a un árbol y tampoco hice pasteles de lodo. Claro que siempre ansiaba ir a casa de mi abue porque ella me llevaba al parque, ella me enseñó a mecerme en el columpio y a aventarme de la resbaladilla, en fin.

Tengo bien presente el último día que salí a jugar con mis vecinitos. Yo tenía seis años, estaba en el patio esperando a unos niños que habían ido a la tienda. En eso, escuché que le gritaron a Karime, una de las niñas que estaba afuera. Me acerqué al zaguán y traté de asomarme por si la veía para decirle que su mamá le llamaba. Sólo encontré a Hugo, otro de los niños, al verlo le dije -Oye...- y el respondió -¿Qué chin*a*** quieres?-. Me sorprendió el escucharlo decir esa palabrota, aún no me recuperaba del >>shock<<, cuando de pronto mi mamá se asomó a la puerta. Lo había escuchado también, ay es que las mamás tienen oídos biónicos. Acto seguido ella me grito -¡Métete en este instante, no voy a permitir que te hablen así. No vuelves a salir a jugar con nadie!-. Lo sé, fue una >>tontería<< pero así era mi mamá.

Al principio creí que la parte de "No vuelves a salir a jugar ..." era algo pasajero pero con el tiempo me di cuenta de que iba bastante enserio. Días, meses, e incluso años, pasaron y yo no salía. Y como es lógico, me volví sangrona y un poco solitaria. Tampoco digo que no tenía amigos, los tenía pero en la escuela, mi mamá me dejaba >>juntarme<< con ellos, porque según ella eran gente bien.

Como decía, me volví un poco solitaria y mis vecinos no ayudaban en mucho, creyeron que me había vuelto rara y poco a poco se alejaron de mi. Claro está que eso no me quitó el sueño porque, a final de cuentas, yo vivía encerrada en mi mundo.

Todo esto lo estoy escribiendo porque, resulta que, después de ocho años de mi vida llegó a la casa Maya. Creí que con ella utilizarían el mismo régimen disciplinario, es más, hasta ya me veía dándole consejos para que evitara meterse en problemas. Pero no fue así, no le tocó ni el mismo papá ni la misma mamá que a mi. Los tiempos cambian.

Ella hacía cosas que yo jamás en la vida me hubiera arriesgado a hacer y nunca vi la que reprendieran como a mi. Esto siempre me ha causado conflicto, no entiendo por qué fue así, acaso creyeron que >>echando a perder se aprende<<. ¿A mi me echaron a perder?.

A pesar de todo, confieso que admiro a Maya. Siempre hace lo que siente, no le importa el qué dirán, en cambio yo, me quedo con ganas de hacer y decir tantas cosas. Y es que a mi me siguen tratando como si aun tuviera seis años. Digo, igual y gracias a eso  soy quien soy y he llegado hasta donde estoy, pero a veces creo que pague un precio bastante alto.

A veces me resulta muy difícil romper reglas, no voy a darme golpes de pecho y a decir que no lo he hecho. Si he roto algunas reglas, no tanto como quisiera, pero sí. Y lo bueno o lo malo es que siempre que lo hago me queda el remordimiento y termino diciéndoles las cosas. Con esto gano o regaños o castigos, pero creo que también gano su confianza.

Ya entrando en confesiones, me queda decir que cada que hago un acto de >>rebeldía<< me siento viva y siento que se llena un poco ese gran vacío que la mayor parte del tiempo siento. No me arrepiento de nada. Bueno sí, me arrepiento de no seguir mis instintos por el miedo a defraudarlos. Y es que, ¿qué puedo hacer, si su forma de inculcarme obediencia fue bastante severa?.

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