jueves, 8 de septiembre de 2011

Siempre quise un hermanito

Recuerdo que cuando tenía cinco años (más o menos) siempre molestaba  a mis papás diciéndoles: ¡quiero un hermanito!, ¡quiero un hermanito!, es más, solía disfrazarme de niño usando unas botitas cafés (que alguien tuvo la atinada idea de regalarme) y a todos los que estuvieran dispuestos a seguirme el juego les preguntaba si querían conocer a ElizaBetho, ellos respondían con una sonrisa y luego decían: sí claro, ¿dónde está?; yo alegremente contestaba: ahorita viene, está en mi recámara. Corría, me metía debajo de la cama para sacar aquellas botitas y, una vez que me las ponía, salía y me presentaba: ¡Hola!, yo soy ElizaBetho.

Pasaron los años y, de repente ¡zaz!, mi mami me dio la noticia de que iba a tener un bebé. Juro que recé sin cesar para que fuera niño, pero por caprichos del destino no fue así, en lugar de un apuesto príncipe, a mi hogar entró un hermosa princesa que desde el primer momento puso mi mundo de cabeza. Pero bueno, tendrá que disculparme porque en esta ocasión no hablaré de ella, su historia la contaré a su debido tiempo.

En fin, la idea es que yo siempre quise un hermano.

Un día de esos en los que no hay nada mejor que hacer que ponerse a reflexionar un poco, me dije: ¡caray!, ¿cómo no lo vi antes?, creo que ese hermano que tanto he querido, ya lo tengo. Estaba tan feliz con esa idea pero me llevé una gran decepción, aquél a quien había visualizado no era más que mera ilusión, pero bueno c'est la vie!.

Siguió pasando el tiempo, entré a la Universidad y de pronto lo vi. Al principio no le tomé importancia, después hasta creo que me caía un poco mal (bueno, no me vengan con que jamás han juzgado a la gente sin conocerla).

Un día decidí inscribirme a un "taller de idioma" el cual, si se me permite decirlo, no terminé. Él se inscribió en ese mismo curso, fue ahí cuando lo empecé a tratar más. Me hacía reír bastante, además me inspiró mucha confianza y, al poco tiempo, ya sabía casi toda mi vida.

Tengo bien presente que fue justo en vacaciones de invierno, uno de esos días en los que soy esclava de la computadora, él estaba conectado. Nos pusimos a platicar como de costumbre y me dije: es el momento de hacerle la pregunta del millón. Me armé de valor y le pregunté si quería ser mi hermanito. Para mi sorpresa, no respondía. Eso me dio un poco de tristeza, así que sólo le dejé un mensajito de despedida. Al poco rato sonó mi celular, era un mensaje de él en el cual  me explicaba que no había estado frente a la compu, pero que le encantaba la idea de ser mi hermano.

Y fue así como lo encontré. Encontré a mi Beto. A quien le agradezco esas largas y amenas pláticas en las que me he dado cuenta que somos muy parecidos, pero a la vez tan diferentes. Creo que eso es lo que nos hace estar juntos y llevarnos tan bien. Con él puedo platicar de cualquier tema y eso no se puede hacer con cualquier persona.

Le agradezco los consejos, los abrazos, las palabras de aliento, los regaños, los piropos, las enseñanzas, el tiempo, las risas. También debo darle gracias por ayudarme a levantar cuando caigo, por compartir sus problemas conmigo y por asumir los míos como suyos, por darme esa motivación para seguir adelante con este camino que decidí tomar, por compartir sus sueños con los míos, por soñar junto conmigo, pero sobretodo, por aceptar entrar en mi mundo y ser una de esas estrellas que iluminan mi firmamento cuando todo está oscuro.


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