viernes, 23 de septiembre de 2011

Sueños

-Tienes que decidirte, se agota el tiempo- decía una voz en mi cabeza, mientras me acercaba a toda velocidad hacia un camino con dos vertientes. Estaba desesperada, me iban persiguiendo y aun no sabía que camino tomar, debía decidirme o dejar que me atraparan. La segunda no era opción, así que me dirigí hacia el que se veía mejor, pero de pronto la voz de mi cabeza sonó amenazante cuando dijo -Recuerda que a veces el camino fácil no es el correcto-. Tenía mucha razón, pero a mi siempre me habían gustado las cosas fáciles, así que luche contra mi conciencia y traté de dirigirme al camino que yo había escogido. Ocurrió algo muy raro, mis piernas no respondían, era como si tuvieran vida propia y me estaban llevando hacia lugar opuesto, no me quedó de otra más que obedecer.

Increíblemente, al entrar en aquel lugar, el miedo no me invadió, al contrario sentí mucha paz como si supiera que estaba haciendo lo correcto. Esa oscuridad que al principio me había dado mala espina, ahora me hacía sentir como en casa. Todo comenzó a iluminarse con pequeñas lucecitas fosforescentes, como si fueran luciérnagas que estuvieran aguardando el momento apropiado para alumbrar el camino. De pronto, comencé a escuchar voces que me resultaron muy familiares; una de ellas dijo - La negrita ya se tardó demasiado, hace 10 minutos que debió haber entrado-. Era la voz de mi abuelito. Mi corazón dio un brinco, hacía tanto tiempo que ansiaba escuchar esa voz. Grité -Abu, ¿eres tú?, ¿dónde estás?, no logro verte. -Por aquí hija, te estamos esperando, sigue caminando y pronto nos encotraremos-, respondió otra voz que a pesar de sonarme familiar, no lograba identificar. Inmediatamente puse a trabajar a mi ardilla, obligándorme a recordar de quién era esa voz. Cuando me cayó el veinte, apresuré el paso, necesitaba comprobar que era cierto, que mi memoria auditiva no me engañaba.

Al llegar al sitio de donde provenían las voces,sentí que mis ojos ardían. Tal vez porque había llegado a un lugar con un gran resplandor y yo había pasado tiempo en la oscuridad, que mis ojos se acostumbraron a no recibir luz. Traté de abrirlos poco a poco. 

A unos cuantos pasos los vi, los dos estaban ahí parados con los brazos abiertos hacia mi. No lo podía creer, ¡eran ellos!. ¡Mis abuelitos!. No pude contener el llanto, hacía mucho que no los veía. Los extrañaba. Me acerqué a ellos y ambos me abrazoron y besaron. Fue un hermoso momento.

Estaba a punto de decirles lo que había pasado en mi vida durante su ausencia, cuando sonó el despertador.  En ese momento me dieron ganas de llamarles y verlos, me levanté de la cama para tomar el teléfono e, inesperadamente, caí en la cuenta de que todo había sido un bello sueño. Sólo bastó con voltear a la mesita de centro para ver aquella foto y aquella cajita tan pequeña en donde se guardaron para siempre tantos años de sabiduría, recuerdos y afecto.

Bien dice Freud, que los sueños son el reflejo de los deseos más ocultos del ser humano.

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